lunes, abril 10, 2017

El lento olvido de uno mismo

la vida es sólo lo que se hace,
no quiero nada con la muerte.
Pablo Neruda

Se va uno olvidando de aquellas pequeñas cosas. Y en su lugar va llegando lo de siempre, las “cosas importantes”, ese checklist infinito e invisible, que ordena conseguir un trabajo estable, un carro último modelo, estudiar una maestría, casarse, tener hijos, pagar un buen colegio, salir de vacaciones a una playa.
Actividades que no necesariamente lo hacen a uno feliz; actividades que olvidan lo importante de la vida. Hace poco mi hermana me dio una lección. Leyó un método para ordenar y dejar ir objetos en la casa. El método consiste en coger cada objeto, tocarlo, cerrar los ojos y pensar por un momento en la sensación que causa. Si produce felicidad, hay que conservarlo, si no, simplemente se deshecha. No utilidad, sino felicidad. Lo esencial es invisible para los ojos. Sí, Principito, y tantas y tantas actividades que van pasando por nuestros ojos en desfile pintoresco, van dejando poco tiempo a las actividades que vemos con el corazón.
Llegaron los hombres grises, me han capturado. Y llegó el día en que ya no leo. Leer ha sido toda mi vida mi mayor pasión. Con leer, hablo de literatura. Desde luego, mis ojos pasan por palabras, se montan encima de ellas. Cuando camino hacia el trabajo leo los títulos de las ferreterías y fábricas. Leo las lecciones de la maestría. Pero ya no leo Las penas del joven Werther ni La insoportable levedad del ser. Pensé que no llegaría el día en que dejase de leer; pensé que no llegaría ese día en que no leyera al menos una sola línea. Siempre me decía a mí mismo que nunca se podría estar tan ocupado para no leer así fuera un solo verso. Pero el día ha llegado. Y después de ese día llegó otro, y luego otro, y una larga cadena de días llegó con sus cadenas. Ya van siendo cuatro meses en los cuales no leo.
Con la lectura me siento un poco como con la meditación. Se recomienda meditar 20 minutos al día. Y si no se tienen 20 minutos, entonces hay que meditar 40, porque se necesitan todavía más.



Sin embargo, hay esperanza. Esta semana, en unas mini vacaciones, pude volver a leer. Me encuentro navegando entre mares, a la caza de Moby Dick, a las órdenes del Capitán Ahab. Es bonito. Da felicidad descubrir que aún no estoy perdido, aún tengo un poco de imaginación. Hoy mientras leía vi cómo mi cama se convertía en un buque pesquero, que navegaba por los mares. Aún soy capaz de meterme en una historia.
Pero si sigo así, me asusta que llegue el día en que me siente a leer un libro, y ya no sepa cómo agarrarlo, o que me domine el sueño tan solo con abrir el libro, o que ya el libro no se amolde a mi mano, o que lea sin prestar atención y me toque repetir y repetir una misma línea, terminando aburrido, o que no sea capaz de leer sin el celular al alcance de la mano, sin que a cada segundo esté revisando whatsapp o facebook. Me aterra que pueda llegar el día en que me sienta un extraño leyendo. En que no tenga imaginación suficiente para recrear un rostro o una situación y necesite a gritos la versión cinematográfica. Más aún, me aterra que llegue el día en que me sienta un extraño conmigo mismo, en que no recuerde realmente quién soy y qué me gusta, qué amo, que bar visitaba, con qué amigos compartía, y que cuando solo me mire en el espejo solo vea lo que ven mis ojos.


Un lento olvido, una muerte lenta. No es metáfora. Algo se muere en mí todos los días, cantó el poeta antioqueño. Sabías palabras de montaña. Cada vez más cerca de la muerte. Cada vez más el olvidado asombro de estar vivos, Octavio.

Felipo Zaná

domingo, julio 24, 2016

Reescribiendo la vida

“Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto)…” Funes el memorioso, Jorge Luis Borges.

Hace poco Alex Girasol cumplió años, así que hubo fiesta en Tierradentro. Entre cervezas, vinos, guaros y el fuego abrazador de la fogata, se dio paso a la poesía. Girasol nos deleitó con sus poemas de doscientos mil pesos. Y sucedió lo que siempre sucede toda vez que el poeta bellanita lee sus textos: toca fibras profundas en el alma, y cada fibra al estremecerse, genera cosquillas y estalla la risa.

Se supone que luego yo leería algo mío, pero me excusé diciendo que no llevaba ningún escrito en el momento. Sin embargo, Alex fue hasta su casa por el libro de Los sueños de Luciano Pulgar, donde aparece el ensayo mío titulado Sobre rayar, ya sea en los libros, en lo etéreo o en la locura. No tenía muchas ganas de leer, pero dado que Alex se había tomado la molestia de traer el libro, accedí.


Comencé a leer en voz alta. Pero ya desde las primeras líneas no estaba satisfecho con el ensayo, me avergonzaba un poco; le encontraba toda clase de errores. A medida que avanzaba la lectura, veía una coma mal ubicada; ideas cojas; un conector que sobraba y que le restaba ritmo al texto; un punto y coma que bien podría ser un punto o una coma, pero jamás un punto y coma; un adjetivo trocado, una referencia ya vieja como la de Pipe Pelaez... Desde luego, no todo era malo, también había líneas que consideraba buenas, y que quizás en estos momentos no sería capaz de volverlas a producir. 

Comencé a traicionar el texto impreso mientras leía. Línea a línea iba haciendo las correcciones pertinentes, las que me dictaba el momento. Era así pues que mis ojos leían unas palabras, pero mis labios pronunciaban otras, corregidas y depuradas a la luz del presente y de mis actuales juicios estéticos.

En algún momento, sentí que quizás estaba engañando a las personas que escuchaban. O pensaba que quizás, Helena, que leía conmigo, dijera, alto, un momento, ahí no dice "dibujos pequeños", sino "pequeños dibujos". O tal vez, un momento, te saltaste una línea. Otra opción podría ser que la memoria prodigiosa de Girasol interrumpiera y dijera: así no recuerdo el ensayo, ya te están cogiendo las cervezas, estás leyendo mal.

Terminé de leer, y el sentimiento de culpa había desaparecido. Todo era claro. Y es que así es la vida. Constantemente el pasado y los recuerdos se van reelaborando a través de la luz del presente. Todo objeto, todo suceso va mudando su significado. El pasado va perdiendo color, y cuando queremos traer algún recuerdo y hay que pintarlo nuevamente, ya está tan descolorido, que no sabemos discernir si era un azul o un verde,  y quizás terminemos pintándolo de rojo. Por ejemplo, la carta de la pareja tienen un significado y un sentimiento asociado, que será diferente cuando se convierta en la carta de la expareja, a pesar de que la carta físicamente siga siendo la misma. Esta mudanza del pasado puede pasar de manera inconsciente, puede pasar de manera consciente. No se trata de falsear el pasado, sino de reelaborarlo, de tratarlo como lo que es, un ente con vida, dinámico, que para nada es un baúl de recuerdos estáticos e inservibles. El pasado hace parte del presente, y el presente se moldea segundo a segundo.

No hay maldad en reescribir la propia vida una y otra vez. No hay chisme. No hay mentira. No hay engaño. Así haya una prueba fehaciente del pasado, así haya algún memorioso presente, algún Funes, que diga, un momento, así no sucedieron las cosas, nada importa; porque si dos personas que tienen un pasado común, hablan en el presente de diferentes acciones o hechos del pasado, en realidad no están hablando del pasado sino del presente. Hablan de este presente en que tienen ojos y corazones diferentes para mirar un pasado.

Quizás cada vez que lea mi ensayo lo reescriba al instante. Desde luego, podría sentarme a hacerle las correcciones pertinentes. Quedaría satisfecho de momento, pero algún tiempo después pasaría lo mismo. Ya ese texto sería del pasado, un pasado que se encadena y encadena. Nuevamente tendría que traicionarlo mientras lo lea en voz alta. Entraría en un círculo vicioso, (o quizás deba decir en una cadena viciosa), en un mito moderno de Sísifo. De momento hay dos versiones, la del blog y la del libro. 

Sin embargo, es tentador ir agregando versiones. Adicionar una versión cada que se lea el texto. Y las versiones quizás se llamarían así. “versión casi terminada”,  “versión final”, “versión final esta sí”, “versión final en serio”, “versión final final no va más”, ya que no sé por qué siempre pensamos que estamos cerca del final.

En la vida voy en la "versión inicial".

Imagen tomada de https://eslibertad.org/2015/09/15/la-escritura-y-la-libertad/


Felipo Zaná

miércoles, febrero 17, 2016

El buen partir, el buen morir


De cuando en cuando y a lo lejos
hay que darse un baño de tumba
Pablo Neruda

Amigo mío, los días antes de partir traen los mejores vientos alisios. Ya sea en la vida, ya sea en la empresa. Se trabaja de una manera ligera, alejado del estrés, y disfrutando en cuerpo y alma la labor realizada. Ya no se preocupa uno por las posibles caídas de los días venideros, sino que se vive el presente.

Quizás algo similar ocurra con las personas que saben sus días están contados y que la muerte les acecha. Luego del terror inicial, una tranquilidad insospechada los descubre. Se aprende que las preocupaciones y los afanes bien poco valían, y que la única preocupación digna de tener en cuenta era la del vivir, y que eso es lo único que resta por hacer: vivir. Y sabiendo que solo resta vivir, se vive mejor.

Quizás esa levedad en el vivir fue la misma que experimentara Kawabata segundos antes del Harakiri; Sócrates, al apurar la cicuta; Alfonsina mientras caminaba hacia su mar; Virginia Woolf cuando se llenaba su abrigo de piedras, para morir en el río. Desde luego, hubo tragedia en esas muertes, pero ésta fue anterior a esos momentos. En el caso de Virginia Woolf, la tragedia ocurrió mientras escribía a su esposo una de las cartas más hermosas de toda la historia. La tragedia, en el trabajo, ocurre mientras se escribe la carta de renuncia: es el momento en el que acechan las dudas, los miedos, las inseguridades. Porque se mira al futuro y se ve incierto, se mira al futuro y entristece no estar cerca de las personas que se quieren y con las que se compartían día a día. Sin embargo, una vez escrita la carta y entregada a su destinatario, ya solo queda la levedad y el presente. En eso momento, uno ya murió para el futuro, pero vive para el presente. En esos momentos uno da lo mejor de sí, quizás no como profesional, pero sí como persona.

Quizás a esto se refería Julio Flores cuando cantaba, “Algo se muere en mí todos los días”. Afortunados nosotros, algo se nos muere todos los días; algo dentro de nosotros, vive al máximo cada día. Lo triste es que a veces no sabemos qué fue. Dejamos pasar una muerte en vano. Por eso cada día debe ser un carnaval, para celebrar aquella parte de nosotros que vivió, que ardió, y nos dio su máximo en ese día.

Pero no os preocupéis, después de cada muerte, el fénix renace de las cenizas, después de cada muerte llega un tercer día.


Yo ya me morí. Soy un fantasma. Y me despido citando a Neruda. “Así es la vida,” Manuel, “aquí tienes las cosas que te puede ofrecer mi amistad de melancólico varón varonil. Ya sabes por ti mismo muchas cosas. Y otras irás sabiendo lentamente”.

Felipo Zaná

viernes, agosto 28, 2015

Ley de la Alquimia sobre equivalencia de intercambio

“El hombre no puede obtener nada sin antes dar algo a cambio, para crear, algo de igual valor debe perderse.” Full Metal Alchemist

Hoy fui a la librería por un regalo para una amiga. Pero es casi norma que cada vez que entro a una librería no puedo resistirme y termino comprando algún libro, que desde su estante me hace ojitos para que lo lleve. Esta vez, me dejé seducir por dos libros en particular. Medellín: Tragedia y resurrección. Mafias, ciudad y Estado. 1975-2013 de Gerard Martin; y  Cultura política y violencia en Colombia de Carlos Mario Perea Restrepo.

Cuando iba a pagar, no sé por qué pedí rebaja: quizás para ahorrarme unos pesos, quizás por la numerología, buscando un número con ciertas características. Pedir rebaja es algo que nunca hago. La dueña de la librería no hizo buena cara, miró en su computador y finalmente dijo que sí, y la rebaja fue del diez por ciento, alrededor de tres mil pesos.

Cuando uno está expuesto a ciertos contextos, a ciertas circunstancias hay dos opciones: o se vuelve uno parte del contexto, dejándose influenciar por el ambiente; o se desarrolla  una especie de resistencia a aquella circunstancia a la que uno fue por tanto tiempo expuesto, como si el cuerpo generara ciertos anticuerpos, ciertas defensas. Pasa por ejemplo en los hogares donde hay alcoholismo. O los hijos se vuelven alcohólicos también, o definitivamente no pueden probar el alcohol. Conmigo pasó la segunda opción con el tema de los descuentos y las rebajas. Toda mi vida, andando de aquí para allá con mi mamá, en el centro, en el barrio, he estado presente en toda clase de peticiones descuentos. Mi mamá pide descuento por todo y para todo. El ejemplo más aleccionador sucedió cuando cierta vez en el centro en que pidió rebaja para comprar una bolsa plástica cargadera. Así que toda mi vida he estado expuesto a pedir rebajas, y de ahí mi tendencia a realizar lo opuesto.

Sin embargo, en esta ocasión sin saber a cuento por qué, pedí rebaja. Luego de pagar, salí con los dos libros en la mano muy contento. Ingresé a un local contiguo a comer algo. Mientras esperaba la comida, comencé a leer el libro que más me había llamado la atención, el de Medellín; y cual sería mi sorpresa cuando descubrí que le faltaba una página. Luego de la página del título de la primera parte, había dos páginas en blanco. Normalmente es solo una. Pensé que se trataba de un novedoso diseño, pero al leer la primera página donde comenzaba el texto vi que algo no andaba bien. Ese no era el inicio. Revisé la tabla de contenido y en efecto, el contenido real del capítulo 1 comenzaba en la página 31, y el libro comenzaba desde la página 32.

Enseguida pensé: iré a cambiar el libro por uno bueno y completo, tan pronto termine de comer. Pero justo en ese momento comprendí la ley de la Alquimia. Había obtenido lo que había pagado. Ese dinero de más que me había ahorrado, se tradujo en esa página de menos que faltaba. El poder de la alquimia y del equilibrio en escena. Esa página valía los tres mil pesos.

Recordé también el magistral cuento Pata de mono de W.W. Jacobs. El señor White le pide a la pata de mono, doscientas libras. A la mañana siguiente le entregan una suma de doscientas libras como compensación por la muerte de su hijo que falleció en un accidente. Cuando se pide algo, se debe estar dispuesto a perder algo. Es el equilibrio del mundo. Es la ley de la conservación de la energía.

En los trabajos también sucede algo similar. Si un proyecto tarda dos semanas, y lo piden en una; entonces la calidad se ve resentida.

Finalmente decidí no reclamar nada, y ser consciente que las páginas que tenía entre mis manos eran las justas.


Felipo Zaná

lunes, octubre 13, 2014

Isabel Allende y el destino


No creo en el destino. No creo que nuestras páginas estén irremediablemente escritas, y que no podamos cambiar ni una coma, a pesar de que en algún pasaje en particular seamos conscientes de que sería mejor un punto y coma o acaso los dos puntos. No creo en el destino escrito, sin embargo, sí creo que un diálogo franco y abierto entre destino y el ser humano.

Verán, el destino es un gran abuelo, por lo general con largas barbas de sabiduría, que a veces tiene cosas para contarnos o aconsejarnos. Gusta de contar historias, enviar mensajes extraviados de texto, equivocar una llamada telefónica. Y así es él, unas veces dice las cosas de una manera escueta, sin pelos en la lengua; otras veces se va por las ramas. Todo eso hace parte del diálogo. Por eso siempre, siempre tenemos que ser buenos oyentes.

El destino me habló: hay que leer a Isabel Allende.



Tantos y tantos escritores con los que uno se ha encontrado por medio del destino. Tantos nombres por tanto tiempo ocultos y de repente se precipitan encima de uno como un aluvión de palomas. Me pasó recientemente con Isabel Allende, escritora chilena, familiar de Salvador Allende. Por mucho tiempo no había escuchado de ella. Ahora en una semana tres personas diferentes me han hablado de ella.

Primero fue Narty. Me encontré con ella a almorzar y me dijo pasé toda la mañana llorando, leyendo a Paula de Isabel Allende. La había tocado tanto esta historia. Y ya sabemos que cuando un libro hace llorar, por lo menos es capaz de tocar fibras y transmitir sentimientos. Al hablar de este tema siempre pienso en la poesía de Alex Girasol y en cómo he sido testigo de lágrimas derramadas por bellas mujeres al escuchar sus versos junto a la quebrada.

Segundo fue Paulina. Me dijo que había comprado dos libros de Isabel Allende en su paso por Berlín, ese mágico lugar de Bogotá: esa librería que visito cada vez que voy a la capital colombiana. Me gusta perderme y extraviarme en sus innumerables libros.

Tercero, mi padre. Apenas levantarme hoy para ir a desayunar y luego del saludo matutino, me dijo, ¿ya leíste a Isabel Allende? Acabo de verme una entrevista de ella. Es familiar de Salvador Allende. Se expresa muy bien. Muy inteligente.

Y es así que en el transcurso de una semana, tres veces ha llegado a mí el nombre de Isabel Allende. Entendí el mensaje. La leeré. Seguro algo tiene para decirme en estos momentos de mi vida. Pero no todo son respuestas. Ahora la pregunta es cuál de sus libros debo leer.




Felipo Zaná

domingo, octubre 05, 2014

No esperes nada de nadie vs La paciencia lo es todo

Como un amargo tatuaje indeleble, así son a veces las huellas que dejan las personas sobre nosotros. Quizás uno se arrepienta de haber creído en alguien, de haber compartido amistad con quien luego clavó la puñalada en la espalda, quizás las experiencias con el otro sean de una verdad catastrófica, pero por sobre todas las cosas hay que seguir creyendo, hay que tener fe. Como le escuché a una instructora de yoga hace poco: el mundo es maravilloso. Que te echaron del trabajo: el mundo es maravilloso. Que te dejó la novia: el mundo es maravilloso. Que se murió un ser querido: el mundo es maravilloso. Y el mundo es maravilloso, porque es una suma de maravillas, una suma de milagro tras milagro que es la vida. Y el mundo está lleno de vidas.
Hoy mientras viajaba en metro para mi casa, vi que un hombre tenía tatuado en su antebrazo la frase "No esperes nada de nadie". Las letras eran grandes, tanto que sin estar cerca pude leer perfectamente. Sentí una inmediata tristeza y el pecho se me oprimió. Pensé en cuáles serían aquellas profundas y enraizadas decepciones que llevaron a ese ser humano a realizarse semejante tatuaje en su piel. Quizás un amigo lo traicionó, quizás tenía una novia que se la jugó, quizás fue manipulado, quizás creyó en vano muchas mentiras, quizás su madre lo abandonó al nacer, quizás toda persona con que había estado en contacto lo había golpeado por todos los lados de su ser: familiar, espiritual, mental y físico. Pero luego me dije, no, no puede ser solo eso. Detrás de esa frase tienen que haber atrocidades mayores como para perder la esperanza. Pensé que quizás a aquel hombre le hubiera tocado sobrevivir las más grandes crueldades humanas de la historia. Quizás había presenciado ese cielo de fuego candente, luego de la bomba atómica en Hiroshima. Quizás vivió en el archipiélago Gulag, quizás fue víctima de los nazis en un campo de concentración. Pensé en Viktor Frankl y en su El hombre el busca de sentido, en la libertad última del ser humano, en esa libertad inalienable, esa libertad de elección de nuestra actitud frente a un conjunto de circunstancias o estímulos. No podemos cambiar los hechos, pero podemos decidir nuestra reacción ante esos hechos, la forma en que los contemplamos, los asimilamos y los vivimos.
Pensé en qué habría pensado aquel hombre mientras se tatuaba, habría confiado por un segundo en la persona a quien le exponía su piel para que lo rayara, o quizás por desconfianza habría aprendido él mismo a tatuar.
Traté de buscarle otro sentido a su frase. Algo que quizás se me escapara. Recordé la chica que conocí en el Carulla de San Diego, mientras realizaba las pruebas de Stand In, que tenía tatuado el 666, y al yo preguntarle por el hecho, me dio su explicación del tatuaje y su conjunto de creencias. Así que pensé que quizás no esperar, significaba ser un hombre de acción. No esperaba sino que trabajaba y luchaba por lo que quería, él mismo, sin esperar nada de nadie. Pero no me convencí, esa frase estaba invadida de un alto grado de desconfianza en el otro, en lo que es el ser humano. Releía esa frase y ella continuaba apabullándome. No podía haber otra explicación. No esperar nada de nadie significa no esperar nada de nadie.
Luego como un amuleto, pensé en Rilke y en su frase "La paciencia lo es todo". Ser paciente va mucho más allá de la simple espera, significa saber esperar cuando algo se desea mucho, significa trabajar y esperar un resultado. Sin ser amante de los tatuajes, quise haber tenido en esos momentos un tatuaje que dijera "La paciencia lo es todo", quizás solo con esa frase, muchas personas en el metro tendrían algo en qué pensar mientras van a sus trabajos u hogares. Y sabrán que hay que esperar. Hay que ser paciente. Así parezca que no hay una nueva oportunidad, todo llega. Y estamos a la espera, no sabemos realmente de qué, pero esperamos, la vida es una espera.
Al llegar a mi casa, para llenarme de paciencia desempolvé a Rilke. Y es que la paciencia se diluye sobre las cartas de Rainer Maria a ese joven poeta que eres tú y que soy yo.
"Ahí no cabe medir por el tiempo. Un año no tiene valor y diez años nada son. Ser artista es: no calcular, no contar, sino madurar como el árbol que no apremia su savia, mas permanece tranquilo y confiado bajo las tormentas de la primavera, sin temor a que tras ella tal vez nunca pueda llegar otro verano. A pesar de todo, el verano llega. Pero sólo para quienes sepan tener paciencia, y vivir con ánimo tan tranquilo, sereno, anchuroso, como si ante ellos se extendiera la eternidad. Esto lo aprendo yo cada día. Lo aprendo entre sufrimientos, a los que, por ello, quedo agradecido. ¡La paciencia lo es todo!"
"Por ser usted tan joven, estimado señor, y por hallarse tan lejos aún de todo comienzo, yo querría rogarle, como mejor sepa hacerlo, que tenga paciencia frente a todo cuanto en su corazón no esté todavía resuelto. Y procure encariñarse con las preguntas mismas, como si fuesen habitaciones cerradas o libros escritos en un idioma muy extraño. No busque de momento las respuestas que necesita. No le pueden ser dadas, porque usted no sabría vivirlas aún -y se trata precisamente de vivirlo todo. Viva usted ahora sus preguntas. Tal vez, sin advertirlo siquiera, llegue así a internarse poco a poco en la respuesta anhelada y, en algún día lejano, se encuentre con que ya la está viviendo también. Quizás lleve usted en sí la facultad de crear y de plasmar, que es un modo de vivir privilegiadamente feliz y puro. Edúquese a sí mismo para esto, pero acoja cuanto venga luego, con suma confianza. Y siempre que ello proceda de su propia voluntad o de algún hondo menester, écheselo a cuestas sin renegar de nada."
"Debe tener paciencia como un enfermo y confianza como un convaleciente. Pues quizá sea usted lo uno y lo otro a la vez. Aun más: es usted también el médico que ha de vigilarse a sí mismo. Pero hay en toda enfermedad muchos días en que el médico nada puede hacer sino esperar. Esto, sobre todo, es lo que usted debe hacer ahora, mientras actúe como su propio médico."
La paciencia lo es todo.

Felipo Zaná

jueves, septiembre 04, 2014

Para verte mejor

Hoy escribo con una nueva mirada sobre las cosas y los hechos; hay una frescura en el aire que mi mirada percibe; hay una ternura  en mi ser materializada en mis ojos; y es que tengo ojos nuevos, tengo ojos frescos. Atrás ha quedado lo rancio, las viejas creencias, los viejos errores, los viejos temores. Ahora un hálito de limpieza y claridad emana de las cosas presentes en el mundo. Aquella manzana que observo no es la prohibida, es una manzana de sabiduría y conocimiento. Ahora las letras son más hermosas que nunca, tan nítidas, tan definidas, sus curvas tan suaves y delineadas.


Decidí operarme los ojos con láser para acabar con la miopía que llevaba tanto tiempo aquejándome. Salí a vacaciones del trabajo, y pedí cita para realizarme la evaluación de la vista para averiguar si era apto para la operación. Me hice revisar en dos partes y ambas coincidieron en que, en efecto, era apto para realizarme la operación.

La cita de la operación fue un miércoles y ya para el viernes tuve la operación. Quería todo con la mayor prontitud, para, debido a las vacaciones, tener la mayor cantidad de tiempo para recuperarme antes de comenzar de nuevo el trabajo. En sí la operación solo da dos días de incapacidad, pero yo quería más. Amo tanto a mis ojos, que no soportaba la idea de operarme un viernes y luego al lunes tener que trabajar, tener que castigar a mis ojos todo el día frente a un computador.

La operación fue breve, alrededor de tres minutos por cada ojo. Para aquellos que se quieran hacer una idea de cómo es la operación, les recomiendo la escena del ojo de la película Un perro andaluz de Luis Buñuel y Salvador Dalí. Y a esa escena maravillosa, agréguenle una luz verde, un poco de agua y un olor a quemado.

Luego de la operación uno queda como era todo en un principio: oscuridad. Todo acto de nacimiento, de creación, precisa volver a la nada, volver a la oscuridad, para que de allí surja la luz.

Luego a través de una rejilla se comienza a vislumbrar el mundo. Ver el mundo es doloroso al principio, conocerlo arde. Entonces lo mejor para tratar con él es mirarlo con los ojos del alma, recordarlo cómo era antes; mientras resurgen, nuevamente, vigorosos los ojos de cristal.

Del hospital fui hacia mi casa. El recorrido en taxi se me hizo eterno. No veía la hora de llegar, sentía desespero, frío, calor, ganas de rascarme los ojos, ganas de llorar.

Ya en mi mi casa, por la rejilla de los protectores para los ojos me echaron las gotas y el malestar menguó un poco. Al caer la noche, llegó la calma. El sueño siempre nos libera de nuestras pequeñas miserias y dolores.

Al día siguiente tuve cita de seguimiento con el doctor. Ya no me dolían los ojos. Las recomendaciones eran simples; nada de practicar deportes de contacto, nada de rascarme los ojos, usar gafas para el sol, protectores para dormir y listo.

Luego siguieron unos días terribles, días sin lectura, días en que no podía saborear las letras, días en que poco a poco iba llegando la luz.

En aquellos días de oscuridad, pedí el favor a un tío de que me consiguiera unos cuantos audiolibros en el Pasaje la Bastilla, ya que yo había buscado algunos en los días previos a la operación pero sin ningún éxito. En todas partes donde preguntaba, solo vendían películas y música. Yo me acercaba a ver si de pronto por casualidad tenían audiolibros, pero nada. En una ocasión, un vendedor me dijo: "Audiolibros… me suena, eso es comedia, ¿cierto?".

Con los audiolibros que me trajo mi tío, intenté con el sonido, tratar de emular las letras, aunque fue lo mismo, definitivamente soy un ser muy visual. En esa agonía sin letras, también me acompañó mucho la emisora de la Universidad de Antioquia 101.9 FM.

Y hoy luego de casi una semana, los ojos se abren nuevamente a las letras. A la hermosa a, a la siguiente b, y la c, y la d, y todas las demás letras del abecedario.

Felipo Zaná

sábado, agosto 02, 2014

En silencio


“Dejadlos; son ciegos guías de ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, ambos caerán en el hoyo.” Mateo 15:14

¿Alguna vez nos hemos detenido a pensar quién guía nuestros actos? Si nunca lo hemos hecho, este es el momento justo. Adelante. Quizás haya muchas opciones, pero hoy quiero centrarme particularmente en dos, dos opciones para vivir nuestra vida, para movernos con el mundo.

La primera opción es cerrar nuestros ojos y escuchar atentamente. ¿Escuchar a quién? Escuchar a Dios; escuchar a nuestra voz interior; a ese más allá, para que estemos más acá.

La segunda opción es aprender por imitación, mirar al prójimo y hacer lo que él hace, copiar su comportamiento y mimetizarnos con él. Vivir en el mundo.

Ya desde niños escogemos la segunda opción. Nos dejamos guiar por el prójimo. Como en un ánfora vacía las personas del mundo vierten en nosotros todo su conocimiento, el conocimiento de la humanidad, todos los temores, las intrigas, las desconfianzas, las prohibiciones, los pensamientos. ¿Pero qué tanto de aquello es realmente nuestro, o fue simplemente inoculado en nosotros como un mortal veneno? Desde luego, así como se puede verter veneno en el oído de alguien, también se pueden verter palabras dulces, bellas y de bondad. Pero quiénes son esas personas de quienes aprendemos en la vida; normalmente no lo sabemos, y puede pasar como dijera Jesús: ciegos guiados por ciegos; y el destino irremisible para tal pareja es caer en el hoyo. El hoyo de este mundo, del desespero, de la agitación, de la turbulencia, de las guerras, del odio, de la indiferencia. Y esa turbulencia, esa agitación, esa conmoción, ese ruido, hace que cada vez sea más difícil poder cerrar nuestros ojos y escuchar, para poder finalmente entender.

Por otro lado si cerramos nuestro ojos y escuchamos atentamente. Si aprendemos a meditar, si aprendemos a estar en contacto con nosotros mismos, nos iremos llenando de paz, iremos eliminando el estrés, y podremos concentrarnos en ver claramente quienes somos nosotros y cuál es nuestro papel en el mundo. Escuchar. Escuchar a la voz interior, escuchar a Dios, en comunión con toda la naturaleza. Si cada acto de nuestras vidas proviniera sin mácula de nuestro corazón, de un corazón tranquilo y en paz, qué diferente fuera este mundo en el que vivimos; si cada acto que hiciéramos estuviera desligado del qué dirán, del temor a ser diferente, a hacer las cosas diferentes, a la burla si se es diferente, al matoneo, si cada acto fuera puro y perfecto, como los actos de la naturaleza; este mundo sería un lugar de paz.


Esta gran lección la recibí hoy en clase de Yoga de mi nueva profesora. Desde luego, hago parte del ruido, del agite, de las olas. Pero poco a poco quiero ir cerrando mis ojos. Poco a poco quiero irme aquietando, para escuchar esas grandes palabras que me esperan, esas grandes verdades que solo se encuentran en el silencio.

¿Quién guía vuestros actos?

Felipo Zaná

viernes, abril 18, 2014

Gabo entre amigos

Muere García Márquez y con él muere toda una tradición de parrandas y literatura, de cigarros, tabacos, ron, lecturas y locuras. Ya se habían ido Alfonso Fuenmayor, Germán Vargas, Álvaro Cepeda Samudio; y los dos infaltables maestros Ramón Vinyes (El Sabio Catalán) y José Félix Fuenmayor. Todos ellos encarnaron el grupo de Barranquilla; literatos y borrachos, visitantes asiduos de libros y bares. Ahora en algún lugar estarán reunidos nuevamente, planeando nuevos proyectos descabellados como revistas, películas y cuentos inverosímiles. Pero donde quiera que estén reunidos en una Cueva celestial, la parranda será mucho mejor y más escandalosa, porque ya también podrán contar con otros amigos queridos que habían partido con anterioridad: William Faulkner, Ernest Hemingway, Virginia Woolf, entre otros. Como en una ocasión le dijera El Sabio Catalán a García Márquez, “no se preocupe, Gabito. Si Faulkner estuviera en Barranquilla estaría en esta mesa”.

De la muerte de mi amigo García Márquez me enteré ayer, apenas una hora después del suceso. Me encontraba escuchando Pedro Guerra, y haciendo limpieza a la casa, cuando me llamó mi mamá. “Se murió García Márquez. Ponga RCN. Lo están dando” fue lo que me dijo. La noticia aunque me llenó de tristeza no me sorprendió. Ya durante toda esta semana los medios habían estado diciendo que la salud del nobel estaba muy deteriorada; sin contar con los 87 años que tenía y con lo diezmado que se veía toda vez que alguna cámara lograba filmarlo por unos breves segundos. Prendí el televisor enseguida y, en efecto, estaban dando la noticia. Inmediatamente fui a la nevera y destapé cerveza, porque es que hay de noticias a noticias, y las hay aquellas que son imposibles de recibir a palo seco, porque a palo seco los golpes siempre son más duros, y la entereza nunca da abasto.

Luego comencé a recibir mensajes y llamadas de amigos cercanos que me daban las condolencias por la muerte de Gabo, como si él fuese familiar mío. Y en algún sentido lo era. En algún sentido todos los que amamos la literatura pertenecemos a una gran familia y tenemos un mismo camino. Un camino que conduce a las puertas del cielo. Allí en el cielo, García Márquez estará estrechando la mano de Marcel Proust, y felicitándolo por su pródigo talento, y se tomarán una foto, entre nubes, dos escritores tan talentosos y dispares; ya que Proust era capaz de narrar en cien páginas algo que era para cinco, y García Márquez era capaz de narrar en cinco algo que era para cien páginas. Allí también en el cielo se encontrará también con todos los contadores de cuentos desde Homero hasta los anónimos de Las mil y una noches, estará el argentino que se hizo querer por todos.

En la familia de la literatura como en toda familia hay de todo. Están las peleas, como el puñetazo que le propinó Vargas Llosa a García Márquez; pero también están los hermanos mayores y buenos, como Germán Vargas. Recuerdo la siguiente anécdota que narró García Márquez en sus memorias Vivir para contarla.

La lección menos olvidable la aprendí para siempre en el bar Los Almendros, una noche de recién llegado en que Álvaro y yo nos enmarañamos en una discusión sobre Faulkner. Los únicos testigos en la mesa eran Germán y Alfonso, y se mantuvieron al margen en un silencio de mármol que llegó a extremos insoportables. No recuerdo en qué momento, pasado de rabia y aguardiente bruto, desafié a Álvaro a que resolviéramos la discusión a trompadas. Ambos iniciamos el impulso para levantarnos de la mesa y echarnos al medio de la calle, cuando la voz impasible de Germán Vargas nos frenó en seco con una lección para siempre:
­­­–El que se levante primero ya perdió.

De los amigos de La Cueva, siempre me he sentido más cercano a Álvaro, no sé por qué. Así como en algún momento Aureliano Babilonia se sintió más cercano a Gabriel que a los otros tres amigos de Macondo Barranquilla. Pero en la literatura a pesar de los estilos y las diferencias terminamos todos siendo amigos. Yo, por ejemplo, me he emparrandado con los locos de la Cueva; también he tenido mis deslices amorosos con María Luisa Bombal, Virginia Woolf y Alejandra Pizarnik; he contemplado catedrales al lado de Marcel Proust; he paseado por los campos en compañía de la agradable charla de Rousseau. Y por supuesto, tengo una gran correspondencia con uno de mis mejores amigos: Franz Kafka. Tomé ron por todas las calles de Medellín con Manuel Mejía Vallejo.

Ahora recuerdo una anécdota sobre Gabo en Medellín. Llegué al bar La Boa con una amiga, Narty, que poco gusta de García Márquez, y me presentó a otro amigo suyo, Daniel, igualmente detractor del nobel colombiano. Ella me presentó no solo por mi nombre, sino con nombre y apellido, mi apellido era “su escritor favorito es García Márquez”, con la intención de ver qué decía Daniel. Inmediatamente él me preguntó, “¿entonces tú eres de los de la opinión de que García Márquez es el mejor escritor de Colombia?”. Respondí inmediatamente, “De Colombia no, del mundo”. Y fue una respuesta llena de tanta seguridad y candidez que a Daniel no le quedaron ganas de discutir sobre García Márquez, ya que no supo qué decir y quedó desarmado.

Desde que comencé a escribir he sentido muy fuerte en mí la influencia de García Márquez. Recuerdo que cuando terminé de escribir mi novela corta “Yo estoy en este cuadro”, quedé feliz porque no veía a García Márquez por ningún lado, sentía mucho más a Neruda, el poeta chileno. Pero para mi tristeza Daniel y Quintero no opinaban lo mismo y mataron mi ilusión afirmando que Gabo estaba presente por todo lado. Aún no lo veo, pero supongo que tienen razón, porque cuando se respira tanto una obra, el acto de respirar se convierte en algo involuntario.

Para aquellos que no han leído la obra de García Márquez, aquí va una clasificación muy personal de sus novelas:

  • Exageradamente buenas: Cien años de soledad, El amor en los tiempos del cólera, El otoño del patriarca.
  • Buenas: Crónica de una muerte anunciada, El coronel no tiene quien le escriba, El general en su laberinto, Del amor y otros demonios, La hojarasca.
  • Obras menores: Memorias de mis putas tristes, la mala hora.

De los cuentos destaco: Ojos de perro azul, Alguien desordena estas rosas, Rosas artificiales, El rastro de tu sangre en la nieve, Solo vine a hablar por teléfono, El ahogado más hermoso del mundo; Blacamán el bueno, vendedor de milagros.

Esta Semana Santa tendrá para mí ese tinte de la muerte de García Márquez. Y solo queda hacerle un homenaje como se lo merece, leyendo sus obras. Así que ya estoy bien provisionado, para reflexionar en sus adjetivos tan bien puesto, en su puntuación de quebrada que fluye, en su velocidad de avestruz en carrera, y sobre todo en sus personajes tan vivos y tan óseos. Adiós García Márquez. Desde esta parte de la vigilia, te decimos adiós los que te quisimos por medio de tu escritura. Te dicen adiós tus personajes que por ser de papel, sustancia más eterna que la carne, vivirán aún mucho tiempo. Adiós te dice el Coronel Aureliano Buendía. Adiós te dice Úrsula Iguarán. Adiós te dice Florentino Ariza. Adiós te dice Nena Daconte. Adiós te dice Pilar Ternera. Adiós te dice José Arcadio Buendía.

Felipo Zaná



miércoles, abril 09, 2014

El artista en el trabajo

Hoy terminé de leer Jonás o el artista en el trabajo de Albert Camus. Un buen cuento. Un retrato sobre la vida de un pintor, desde el inicio de su prometedora carrera hasta su solitario ocaso, su lienzo en blanco. Algunos pasajes fueron de alguna manera como una cachetada en la mejilla, porque en algunos aspectos me contemplé a mí mismo, o contemplé a alguno de los que he sido y he llegado a conocer tan bien.

La visión que tengo del artista ha cambiado mucho a través de los días. Por mucho tiempo fue Van Gogh mi artista favorito. Por muchas cosas. Por su dedicación al arte, por sus fantasmas, por su manera de vestir, por su talento: tanto para dibujar, como para pintar, como para escribir; por su sensibilidad, por su pobreza, por su locura, por su oreja. También podría hablar de un Beethoven. O de un Rilke. Las cartas a un joven poeta también fueron una revelación en su momento, y en muchos aspectos incluso hoy lo siguen siendo. Sin embargo, ahora no tengo una imagen muy clara del artista. Antiguos patrones se me han derrumbado, y todavía no los he reemplazado por otros. Lo que sea que fuere el artista, no quisiera que se pareciera al Jonás del cuento de Camus.

En mi caso particular, también he pasado por varios periodos en relación a la escritura. Desde el tiempo en el que escribía casi a diario frenéticamente, hasta el tiempo en que por otras distracciones me aparté de escribir. Desde luego, he tenido épocas en que ese alejamiento ha pesado como una oscura carga que algún súper yo pusiera sobre mis hombros, como épocas en que acepto el hecho simplemente como es, un hecho más. Y entonces uno comienza a ver los matices que hay entre escribir y el deseo de escribir. Cuando no se escribe, se levanta el deseo de escribir como una especie de protección o palmadita en la espalda. Pero qué necesidad hay de esa palmadita y quién la da. Pienso que un deseo no se debe avivar. Un deseo está presente o no está. Así como se escribe o no se escribe. Más triste que no escribir, es tener el deseo de escribir y no hacerlo. Porque siempre que hay un deseo viene acompañado de impedimentos virtuales. Pequeñas semillas de frutos que nunca madurarán. Y finalmente no hay tales impedimentos. Uno va construyendo su vida. Uno la va formando. Muchos de los impedimentos externos son aparentes, y provienen de profundis. Hoy escribo estas líneas y punto.

¿En qué punto estoy ahora? Simplemente en un punto en que disfruto más la lectura que la escritura. Y un punto en el que no quiero desear. Un punto sensible, que cada vez se vuelve menos sensible. Un punto agradecido por otros pequeños puntos sensibles que hay en el mundo para uno, con los cuales uno se siente cómodo, como en casa.

Felipo Zaná

martes, abril 01, 2014

Te leeré como un buen libro

Te leeré como un buen libro.
Escalaré por el inicio,
Llegaré hasta tu nudo,
Y me desenlazaré en tu desenlace.

Como un buen libro, subrayaré tus pensamientos importantes.
Cada idea que lea, aumentará mi caudal.
Escribiré en tus márgenes mis acuerdos y desacuerdos.
Como un buen libro, me inspirarás un sueño,
Un viaje, una aventura, una idea, una ilusión.
Como un buen libro, antes era uno, página a página soy otro.

Como un buen libro, citaré tus dientes en el café.
Mientras me vista en la mañana, citaré tu cigarrillo.
Citaré la idea que da vueltas,
Rueda que rueda en mí.

Es posible que vaya a otros libros,
Que me pierda en otros autores,
Pero como un buen libro, volveré a ti.

Como un buen libro, te leeré una y otra vez.
La primera vez será un recorrido por tus hojas,
Sin detenerme a esperar una brisa.
Luego volveré.
Habrá la lectura de tu nariz,
Habrá la lectura de tu palma.
Habrá la lectura de tu ombligo.
Habrá la lectura de tu lomo.

Y uno comprende, todos los fuegos el fuego,
Todos los hombres el hombre,
Todos los libros el libro.
Y el libro que los contenga a todos.
Aquel libro de risa, llanto; compañía y soledad,
Carne y arena; papel y espejismo;
Verdad y madera.
Ese libro, es el libro para estos ojos.
Y esas páginas son las páginas para estas manos.
Y la punta de los dedos se humedece,
Cada vez que paso una página.

Felipo Zaná