Cadáver exquisito
Fui invitado por mi lápiz y mi lapicero a una fiesta. Se trataba de algo muy sencillo, sin mucho glamur. En total solo éramos seis: mi lápiz, mi lapicero de tinta verde, la novia de mi lapicero, la amiga de la novia de mi lapicero y, por último, un portaminas viejo, que no tenía dueño. La fiesta comenzó a las ocho de la noche, sin embargo, a las diez había llegado a ese punto muerto en que suelen caer las reuniones sociales: mi lapicero verde y su novia tempranamente se habían enfrascado en una conversación íntima que excluía a todos los demás. Mi lápiz quedó prendado de la amiga de la novia de mi lapicero, y trataba por todos los medios de ser locuaz, pero su melancolía de blanco y negro no le favorecía mucho. Así que mi único interlocutor era el portaminas viejo. Enseguida me contó de lo feliz que se sentía por no tener dueño, nunca vacilaba en nada; me habló un poco de Zaratustra, era algo como si Dios hubiera muerto, se consideraba pues un superportaminas. Me hablaba de la sincerid...