La tuerca número quince de la máquina número catorce
Imaginemos un bibliotecario que solo sepa catalogar un libro; un amante que solo ame en misión; un idioma de una sola palabra. El bibliotecario tendría entre sus manos La montaña mágica y sabría ubicarla en los estantes; pero si por casualidad llegara a él La muerte en Venecia no sabría qué hacer con ese libro, ni siquiera leerlo. Algo similar he visto en mi vida: la división social del trabajo me zambulle cada vez más en las profundidades. A veces me siento como aquel mecánico que solo sabe reparar la tuerca número quince de la máquina número catorce. Seguro, la destreza alcanzada en esa tuerca es superior a cualquier otra persona, luego de hacer lo mismo día tras día; pero qué pasaría si ese trabajo se acabara; a dónde más encontraría otra tuerca como esa. Qué pasa si esa máquina la descontinúan: estaría como al principio, sin saber un oficio. Yo apenas trabajo en uno de los lenguajes de la programación; y desconozco muchos de los demás oficios, sin hablar de las artes. Hace poco h...